Falso autorretrato
Era tal cual un espíritu atribulado que no encajaba en este mundo, dotado de una insociable altanería, el insatisfecho, el rebelde, el poeta marginal que merodeaba por las alcantarillas de un mundo corrompido, siempre el mismo universo, afecto de las mismas tensiones, los mismos conflictos, idénticos malentendidos; palabra maldita esta, que corroe las entrañas y ante la que sentía una aversión a la que tildaba de filosófica por el papel que jugaba en su vida, el incomprendido al que tachaban de ser un maldito fanático, defensor de los más rancios y tradicionales valores, alguien que parecía detenido en el tiempo, cuya vida se hubiese ralentizado tan drásticamente hasta transmutarse en una pura entelequia del pasado, y ser al mismo tiempo un visionario, un profeta del futuro, una mezcolanza de Julio Verne y Nostradamus, alguien capaz de descartar lo superfluo y embellecer lo esencial, de darse cuenta de la inherente paradoja que supone discernir entre lo real y lo ilusorio, al descubrir que inventar historias puede ser un placer en sí mismo y a su vez una injustificada paranoia que lo margine de su entorno, aislándole, la soledad del corredor de fondo, condenándole a un ostracismo tan patético como una bailarina encerrada en una caja de música muda.
Esgrimía como espada una mirada vacía, una pluma estilográfica en la mano, una prolija conversación con sus espíritus fantasmales que transcribía a través de unos garabatos festoneados sobre un inmaculado papiro a la difusa luz ambarina del atardecer, exhibiendo un fingido azoramiento frente a la actitud pedante de sus personajes inventados, su jerigonza nativa, su perfeccionismo intransigente que no le permitía ser vulgar, sino formar un todo coherente, un querer demostrarle a aquel mar océano de celulosa blanca sobre la que escribía sus fantasías, quién era allí el más inteligente, el poseedor tanto de frases lapidarias y mordaces, como de palabras medrosas y pusilánimes, era una eterna batalla en la que le hervía la sangre sólo con pensar en aquel obtuso montón de clichés contra los que lanzaba vituperios y exhibía modales desdeñosos y socarrones, con un desdén atolondrado y desvaído cargado de un reproche extraño y taciturno que apabullaba al más pintado con sus deducciones de viejo lobo estepario.
Ardía de deseos, de lucha justa y de protesta, de disputas en gallarda lid, de vencedor del desatino, de gozar de ese pecado particularmente deleznable con resabios de mentalidad dictatorial en el cual indagaba de forma insalubre cuando ese jinete del apocalípsis que él llamaba el engendro de la depresión le atosigaba, sumando a ese pecado de nombre omnipotencia, -conseguir siempre lo posible y lo imposible-, más allá de la simple zarandaja en que se queda la libertad y su simpleza de elección dentro de los márgenes de lo realizable, su quimera y su utopía se fueron forjando en su naturaleza frágil y asustadiza de lector impenitente que le confería un aire de un algo inefablemente conmovedor, su inocencia.
A menos que fuese un ardid para estimular su intelecto, los comentarios mordaces e impertinentes le repugnaban, fuera de la mirada absolutista de sus propios hijos novelados, mezquinos, desdeñosos, taciturnos, desquiciados, a los que dejaba protestar y tergiversar dentro de su cabeza como si tuvieran vida propia, libre albedrío, personajes inventados que se independizaban de su amo, desapegados a su esencia, vagando emancipados de su patriarca creador, y a la par que se convertía en fisgón de sus héroes y villanos, espiando su resplandor con mirada absoluta y sin contraste, tragándose su corajudo carácter de jactanciosos y descreídos tipejos que gallardeaban siempre hoscos e irascibles, derrochadores de alaridos en su jaqueca natal. Justo era indignarse contra ellos, estrafalarios e intransigentes, primitivos, vivaces y alegres, pugnando por salir para enamorar susceptibilidades a flor de piel en papiros ordinarios engalanados de celulosa, de permanecer ardientemente ideales, vanidosos, en el exuberante mar océano de lo no leído. La perspicacia de sus extrovertidos invitados, que se apostaban en su azotea, viviendo sus propias historias, le chantajearon con un inopinado reto.
¡ Qué difícil es morirse siendo reflejo sobre blanco ¡
El inocente narrador cedió a su antojo, les escupió sobre papel, y desistieron de volverle loco.
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